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Y con la llegada del mes de Julio volvemos al cine. Desde hace unos años, en la comarca existe una especie de circuito cultural que, entre otras cosas, en verano, nos lleva el cine a casa. Y eso en un pueblo en el que salir significa únicamente acercarse al bar a tomar unas cervezas con los amigos, se agradece. Porque se trata no sólo de ver una película (cualquier película vale), sino de la fiesta que, tal como se plantea en el pequeño pueblo en el que vivo, esa actividad lleva aparejada.
Salimos de casa en cuanto empieza a anochecer, con las sillas (lo más cómodas posibles, estaremos muchas horas sentados) y la mesa a cuestas y nos vamos acercando al polideportivo municipal poco después de que suenen los cohetes que anuncian que la barra está abierta. Porque la barra es uno de los componentes más importantes (e imprescindibles) del cine a la fresca. Allí es donde nos van a preparar el aperitivo, la cena, el postre y la copa. Mientras nos tomamos la primera cerveza, llega el cinero y empieza a descargar bártulos de su furgoneta. Es toda una ceremonia. Nada que ver, no obstante, con lo que recuerdo de los dos primeros años aquí, no hace tanto de eso. Entonces la pantalla era una simple sábana blanca atada a los postes que sujetaban la alambrada del abandonado polideportivo, el proyector era una antigualla portátil en el que había que ir metiendo los innumerables rollos de que constaba una película no demasiado larga ni demasiado moderna, y que algunas veces, aunque casi nadie se daba cuenta de ello, se ponían en desorden. Y digo que casi nadie se daba cuenta no porque no se prestara atención a lo que estaba desarrollándose en la pantalla, que no mucha, sino porque era tan inestable que la mayoría de las veces, aunque quisieras, no veías más que figuras danzando algo parecido al baile de san vito. Pero ya nos valía.
Ahora, porque la subvención debe ser más importante, se ha comprado material nuevo, una pantalla en condiciones y una especie de home cinema con sonido estereofónico que permite, al menos, escuchar los diálogos. Aunque la fiesta de alrededor, ya digo, es la misma, pongan lo que pongan, digan lo que digan, dure lo que dure. Porque la duración es otro de los componentes importantes. La primera parte de la película empieza a las once, todo el escenario montado por el cinero, mientras hemos cenado, en grupos, los deliciosos bocadillos que preparan en la barra, hemos tomado de postre una ración de la gran variedad de tartas que se han preparado al efecto y algunos, incluso, se han atrevido con el café. Ponemos nuestras sillas convenientemente dirigidas en la dirección adecuada, se apagan las luces, comienza el espectáculo...que durará el tiempo que se haya establecido por la barra, que son los que realmente mandan en esto del cine. En el descanso, los cubatas, los gintonics, las chucherías para los niños, las palomitas, los granizados, las conversaciones, de nuevo, y los primeros grupos, las personas más mayores y los padres de los niños más pequeños, que empiezan a levantar el campamento, porque su fiesta ya se ha visto cumplida hasta el próximo sábado.
Después de un tiempo prudencial, en el que se ha vuelto a hacer cajón, se apagan las luces de nuevo y continúa el espectáculo. Pero ya somos sólo la mitad, la mayoría de los niños duermen en brazos de los padres, va subiendo el tono de la película y va bajando el de los espectadores.
No solemos ver ninguna sesión completa. No porque no estemos allí, somos de los últimos en irse. No la vemos porque, o no hemos prestado atención a la primera parte, demasiado murmullo y niños corriendo y jugando las primeras horas, o sabemos que no nos gusta y nos dedicamos a charlar aun con el sonido (demasiado fuerte a veces) de la película de fondo, o, simplemente, apoyamos la cabeza de tal manera en la silla que tenemos el espectáculo de las estrellas por encima de nosotros como el más cercano.
Ayer estrenamos el cine a la fresca de este año. La película elegida fue El aviador. Poco puedo decir de ella. Pero sí que fue una buena noche de sábado en el que me reencontré con un montón de gente a la que no había visto en muchos meses. Y el próximo sábado, más.
Las terrazas de verano siempre son un placer. En Valencia, se programa cine en los jardines del Palau (la "filmo" d'estiu), y también se repite parte de la ceremonia que describes: los niños correteando, los bocatas de salami, la barra con sus heladitos y cervezas... pero, eso sí: allí, si se te ocurre abrir la boca durante la proyección, te linchan! Supongo que lo del cine del pueblo es más familiar y entrañable :)
Comentario de Txarly el el 07/10 a las 16:15
Tiene que ser una experiencia curiosa..sé que las hacen el algún barrio cercano , pero no he ido jamás..sera cuestión de plantearselo ;)
Un beso :)
Comentario de Grial el el 07/10 a las 16:44
Y yo te me imagino, amiguita querida, con tus sillas a cuestas, fresquita y popular viendo cine al aire libre, tan italiana tú y tan guapa.
Comentario de Roberto Zucco el el 07/10 a las 17:13
Solía ir mucho a Cádiz, bueno a San Fernando un pueblo cercano a la capital. Allí visitaba a un buen amigo, solíamaos ir a eso que tu llamas cine a la fresca, la verdad que era casí lo que más me gustaba de todo. Se podía hablar, se podía fumar, comer y todo en la calle, pues la pantalla era un edificio.
Además me parece que los niños, todavía lo disfrutan más, están despiertos hasta más tarde, juegan, rien, y todo con los padres cerca. Para ellos una gozada
Comentario de Chusbg el el 07/11 a las 14:36