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Domingo, 10 de abril de 2005


La Biblioteca del domingo.

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Hoy voy a contar un cuento de Andersen, el gran cuentista.

Lo que se puede imaginar

Había un hombre joven que estudiaba para poeta. Quería serlo para Pascua, casarse y vivir de la poesía, que es, y él lo sabía, simplemente imaginar, pero él no sabía imaginar. Había nacido demasiado tarde, todo estaba ya cogido antes de que él viniera al mundo, todo se había escrito ya en la literatura.
-¡Aquellos hombres felices que nacieron hace mil años!- decía -. Para ellos era fácil hacerse inmortales. Feliz incluso el que nació hace cien años, entonces todavía había algo de lo que escribir. Ahora se ha acabado la poesía en el mundo ¡qué puedo escribir yo!
Estudiaba tanto que enfermó seriamente, ¡pobre hombre! Ningún médico podía ayudarle, pero quizá sí la curandera. Vivía en una casita junto a la barrera que cerraba el camino de los sembradíos, ella la abría para la gente que viajaba en carro o a caballo. Pero sabía abrir más cosas que la barrera, era más lista que el médico, que viajaba en su propio carruaje y paga impuesto de Estado.
-¡Tengo que ir a verla!- dijo el joven.
La casa donde vivía ella era pequeña y limpia, aunque de feo aspecto. No había ni un árbol ni una flor; había una colmena delante de la puerta, de lo más útil. Había un pequeño patatal, de lo más útil. Y una zanja con espinos negros que ya habían perdido la flor y echado frutos que amargan en la boca y no pueden comerse hasta que han recibido la primera helada.
"Lo que estoy viendo es precisamente la imagen de esta época nuestra sin poesía", pensó el joven; y por lo menos ya era una idea, una pepita de oro que acababa de encontrar en la puerta de la curandera.
-¡Escríbelo!- le dijo ella -. También las migas son pan. Ya sé por qué vienes. No sabes imaginar, pero quieres ser poeta antes de la Pascua.
-¡Todo está escrito!- dijo él - ¡Nuestra época no vale la pena!
-¡Qué va!- dijo la mujer -. En los viejos tiempos quemaban a las curanderas, y los poetas andaban por ahí con las tripas vacías y agujeros en el codo. Esta época es estupenda, es la mejor. Pero tú no ves bien las cosas, no has afinado tu oído y nunca rezas el padrenuestro por las noches. Hay un montón de cosas de las que hacer poesía en cualquier metro que quieras, y cosas que contar, si es que sabes contar historias. Las puedes sacar de las plantas de la tierra, extraerlas del agua corriente y del agua estancada, pero tienes que saber hacerlo, tienes que saber cazar un rayo de sol. Pruébate mis gafas, ponte mi trompetilla en el oído, reza a Nuestro Señor y deja de pensar solo en ti.
Lo último era muy difícil, más de lo que podía pedir una curandera.
El joven cogió las gafas y la trompetilla y se situó en medio del patatal. La mujer le puso en la mano una patata grande. Algo sonaba dentro de ella. Llegó una canción con palabras: la historia de la patata, interesante...una historia cotidiana en diez partes, diez líneas bastaban.
¿Y qué cantaba la patata?
Cantaba sobre sí misma y su familia: la llegada de la patata a Europa, el desprecio que había sufrido al principio, antes de que la llegaran a considerar una bendición y tan valiosa como una pepita de oro, tal como sucede hoy en día.
-Por orden real nos repartieron en los ayuntamientos de todas las ciudades. Se anunció nuestra gran importancia, pero nadie creía en ella, ni siquiera sabían plantarnos. Uno abría un agujero y metía en él todo el saco de patatas. Otro metía una patata ahí, otra allá, debajo de la tierra, esperando que brotara un árbol con las patatas colgando. Nacieron las plantas, las flores, los jugosos frutos, pero todo se marchitó. Nadie se acordaba de lo que había bajo tierra, la bendición: las patatas. Sí, hemos tenido que sufrir y padecer, bueno, nuestros antepasados; pero ellos y nosostros somos una misma cosa. ¡Qué historias!
-Bueno, ya basta- dijo la mujer - Mira ahora el espino negro.
-También nosotros- dijeron los espinos - tenemos familia en la patria de las patatas, aunque más al Norte de donde crecían ellas. Llegaron escandinavos de Noruega, fueron hacia el oeste entre nieblas y tormentas hacia una tierra desconocida donde, detrás del hielo y la nieve, encontraron hierbas y plantas, arbustos con las bayas azules oscuras de la vid: las endrinas, que con la helada se convierten en uvas maduras, como haremos también nosotras. Y a aquella tierra le dieron el nombre de Vinlandia Groenlandia, Tierra de Endrinas.
-Es una noticia muy romántica- dijo el joven.
-Pues ven conmigo- dijo la curandera, y lo condujo hasta el panal. El joven miró dentro de él. ¡Qué vida, qué agitación! Había abejas en todos los corredores agitando las alas para producir una saludable corriente de aire en toda aquella enorme fábrica, aquél era su trabajo. Lllegaron abejas del exterior, nacidas con cestitas en las patas, ellas traían el néctar de las flores. Lo sacaron, lo limpiaron y lo prepararon para transformarlo en miel y en cera. Iban y venían; la reina de las abejas también quería volar, pero entonces todas tendrían que irse con ella. No era la época. Pero quería volar, así que le quitaron las alas a Su Majestad a mordiscos, de modo que tuvo que quedarse.
-Sube ahora a la cuneta- dijo la curandera -ven a echar un vistazo a la carretera, mira cuánta gente hay por allí.
-¡Qué hormigueo de gentes!- dijo el joven -¡Historias a montones! ¡Qué murmullo! Me mareo, yo me vuelvo.
-No, sigue adelante- dijo la mujer -.Métete entre la multitud, mírala, préstale tu oído y tu corazón. Así conseguirás pronto imaginar. Pero antes de que te vayas, devuélveme mis gafas y mi trompetilla- y cogió ambas cosas.
-¡Pero ahora no veo nada!- dijo el joven -¡No oigo nada!
-Pues entonces no podrás ser poeta para la Pascua- dijo la curandera.
-¿Pues cuándo, entonces?- preguntó él.
-Ni en Pascua ni en Pentecostés. No aprenderás a imaginar.
-¿Y cómo puedo hacer para ganarme el pan con la poesía?
-¡Siempre puedes arreglártelas en carnaval! ¡Zúrrales el pandero a los poetas! Les zurras a sus obras y así les zurras a ellos. No te atontes, zurra fuerte y tendrás no ya pan, sino bollos con los que alimentaros tú y tu mujer.
-¡Qué cosas se pueden llegar a imaginar!- dijo el joven, y zurró el pandero a todos los poetas, ya que él no conseguía llegar a ser poeta.
Lo sabemos por la curandera, que sabe mucho de imaginar.


Escrito por amanda El 04/10 a las 10:20
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No hay forma de que tu blog baje de interés ya sea culinario, literario, personal...!


Comentario de Roberto Zucco el el 04/10 a las 23:25

Esto lo escribió justamente cuando no se le ocurría que escribir, y el mismo pensaba que ya estaba todo escrito: el drama, la comedia, las pasiones, los pecados. Todo.
Pero aunque hay siempre una parte comun cada epoca vive todas esas cosas de una forma y siempre queda todo por escribir.


Comentario de Jose el el 04/11 a las 14:54

Precioso cuento...me lo he imprimido para contarlo a una personita que estará encantada ;)
Un beso :)


Comentario de Grial el el 04/11 a las 18:05

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