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Josep Vicent Marqués escribió, hace unos años, refiriéndose a la fiesta:"Es el derroche del arte, el despilfarro de la belleza, el placer de divertir y prenderle fuego al pasatiempo, entre música y tracas. Al alba, sólo quedan las cenizas de los bufones, el eco de un pasodoble y el perfume de la pólvora. La risa dura hasta el año que viene".
El taller de trabajo de artistas falleros de la comarca sacó a la calle, el primer día de las fiestas de este año, la propia mesa donde elaboran las figuras falleras. Estuvieron mostrando a todo el que se acercaba la costosa elaboración de los tradicionales "ninots". De esta forma, pretendían transmitir el arte, el costoso arte de construir un monumento fallero, al pueblo, que sólo suele ver el resultado. Mostrando, además, que se puede hacer con elementos ecológicos (cartón y madera, a la antigua usanza), lejos de la contaminación que producen el corcho blanco y el poliester, del que se abusa por la diferencia de costes.
La peatonalización de las calles que se produce inevitablemente los días que permanecen las fallas plantadas, abriendo así espacios libres para el paseo, para el descanso, para el disfrute de la ciudad, ocupada en su mayor parte el resto del año por vehículos y humos.
El colorido no sólo en la indumentaria de las mujeres que participan en la fiesta, sino ya también en la de los hombres, que van recuperando las vestimentas tradicionales, ricas sedas, algodones y tules bordados y teñidos artesanalmente, con lo que, además, vuelven a valorarse unos talleres de confección cuyo trabajo había caído casi en desuso.
La música, alegre música de las bandas, de los grupos de dolaçaina i tabalet que acompañan los desfiles, después de años y años, posiblemente pensando más en los costes que en la tradición, de horribles y desafinados grupos de tambores y cornetas, muchas veces compuestos por los mismos falleros, que con sus estridentes, y poco adecuados al espíritu festivo, sonidos, llegaban a hacer aborrecer los pasacalles, elemento vistoso y de lucimiento de los que participan más activamente en la fiesta.
La pólvora, o mejor, el aroma de la pólvora, las explosiones controladas de petardos, la desmesura que significa, en sonido, en sensaciones, cada mascletà y, en luz y colores, cada castillo.
La innovación que, a pesar de todo, se puede ver en algunos barrios de la ciudad, menos preocupados por los convencionalismos de los grandes presupuestos, más involucrados en la modernidad.
La cremà de las fallas, con lo que la vida ciudadana vuelve a la normalidad, quedando, como señalaba Marqués, sólo la ceniza de los bufones.
